21 septiembre 2014

Edades

Valerio Carrubia
Me crié en la vejez,
identifico
unos dientes sin dueño 
como infancia,
el alcanfor custodiando el ropero
el carmesí sellando mi mejilla. 
Me crié en la aceptación del tiempo
y la profundidad de su pisada
convencida de que las arrugas
son dunas, gajes inherentes
a la erosión de una vida plena
merecedoras de nombre e incluso playas
escindidas en mares gemelos:
Humanidad y Asco,
Saul Leiter
uniendo sus manos
juntando su espuma en caudal común.

Memoriza:
cada ponzoña
tiene su antídoto,
Seguril, insulina.
Cada hospital es, por su tránsito
o limpio adiós,
estación o aeropuerto.

No silencies la ternura
cuando repitas
de quién eres hijo,
qué es lo que estudias
cuál es tu sino
pues la demencia acecha a quienes amas
tanto o más que la sepultura.

Interioriza:
todo albor
se repliega al paso de los lustros
–exiliado en las fotografías–;
todo esqueleto se quebranta,
Frederick Sommer
todo alfabeto languidece.
Sólo sabrás que es la juventud
cuando en la distancia comience a boquear
y asomar la nuca entre sus despojos.

Me crié en la verdad
por eso, a ti
no te digo:
te amaré hasta mi muerte
–omitiendo los interludios–,
te digo mejor:
te amaré incluso
cuando tus piernas pierdan su fuelle
cuando se desfigure tu rostro
y tu juicio altere mi nombre.

Te amaré tanto
que seré yo
quien pose la cuchara en tus labios
y en la escasez
encuentre alimento.


(poema seleccionado para Anónimos 2.2)

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